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El discursi del método

Ser cursi es un problema, pero ser mal cursi ya sería un asunto demasiado serio. Más

Ramón Gómez de la Serna
Ramón Gómez de la Serna

Que filosofemos demasiado sobre lo cursi encierra los peligros de convertir nuestro análisis en parte del asunto y de pasar del ensayo a la autobiografía. Todos hemos sido cursis alguna vez muchas veces: está en nuestra naturaleza, que, como la oposición política, es débil. 

Sí, ser cursi es ser humano, y viceversa. Si ser humano es errar, ser cursi es errar en ser humano. No entendemos bien esto, pero no lo decimos solamente nosotros: recordemos que el señor Friedrich Nietzsche aludió a lo «humano, demasiado humano», aunque nos parece que se refirió a otras cosas. Si nos intimida su apellido, imaginen lo que puede hacernos su filosofía. De todas maneras, y duele decirlo, la madre naturaleza nos ha tratado tan mal a los cursis, que hemos renunciado al complejo de Edipo.

Para detectar la propia cursilería, los cursis no tenemos plan A, pero nuestro plan B es el siguiente: cuando decimos algo cursi, notamos que los demás miran al piso como si a todos se les hubiesen caído las llaves: hemos saltado del incierto al acierto. Hay objetos y circunstancias de cursilería ya garantizada, que solamente alguien muy deformado por la sobriedad podría desperdiciar: aprendamos algunos consejos y así podremos ganar todos los concursis.

Es cursi llamar «Gabo» al señor Gabriel García Márquez; son cursis las falsas chimeneas con eléctricos bombillos-leña que se tornan rojos en verano; es cursi considerar «folleto» al libro Imposturas intelectuales; en los mítines, son cursis los gritos de «¡Contigo hasta la muerte!» (más sincero sería prometer «tu» en vez de «la»); son cursis los ataúdes cubiertos de peluche, creados tal vez por acatar un dictum del filósofo José Ortega y Gasset: «Lo cursi abriga».

Los momentos estelares de la cursilería florecen en la oratoria, arte jabonoso donde resbalamos en pos de una bellísima frase que huye de nosotros: por algo habrá sido (si no tenemos buen gusto, lo tuvo nuestra frase). Dentro de la oratoria, el subgénero más cotizado para tornarse cursi es el brindis: instante glorioso en el que nuestro superyó ―freno estético ya desmoralizado― se va a tomar un ron, y nos abandona así porque nos conoce mejor que nuestro psicoanalista, aunque, eso sí, nunca nos cobra. Eso de ser un pobre y diablo nos sale bien a cuenta. En fin, ya lanzados, enloquecidos, hacia el barranco del brindis, lo que nos sale del alma no es un discurso, sino un discursi.

Cada uno de nosotros podría escribir el censo de sus momentos-cumbre en los que se encontró del brazo del ridículo, y tan bien, cual paseando nuestro otium creator por el cerúleo empíreo, entre floridas estepas de nubes ―ovejas contables―, en silencios noctívagos, y huidizos de los pegadizos hechizos de Morfeo, acechante y asechante sobre su diligencia halada por cuatro caballos de fuerza. 

Además de nuestras experiencias, debemos consultar estudios dedicados a la cursilería. Estos quizá revelen, en su autor, el esfuerzo en ser el primero en hallar aquella gracia en los demás para que no se la carguen a él mismo. Este es el famoso «recursi del método».

En 1934, el escritor español Ramón Gómez de la Serna publicó el ensayo Lo cursi, en el que consta la idea aquella del abrigo, que don José Ortega y Gasset se puso, o tal vez copió, ¿quién sabe?, sumándose así ―por un instante― a la fe que irradia san Alfredo Bryce, santo patrono de los plagiarios y copioso escritor. Ramón (así insistía en ser llamado, cursimente) divide la cursilería en buena y mala, pero esta clasificación subaristotélica no convence: lo cursi es cursi, y así piensa todo cursi que se respete ya que los demás no lo hacen.

Ser cursi es un problema, pero ser mal cursi ya sería un asunto demasiado serio. De todas las prosas, las líricas yacen más cerca de lo cursi. Si las cultivamos mucho, nos darán azucenas rosa-Barbie para floreros-elefante. Hay calidez de playa, sonrojo de semáforo, fiebre de ilusión en la cursilería pues «lo cursi abriga». ¿Lo dijimos antes? Sí, pero ya es cursi hacérnoslo notar. A falta de ideas, repetir es el último recursi.

Víctor Hurtado Oviedo

Víctor Hurtado Oviedo

Hombre de letras. Es uno de los editores del diario La Nación de Costa Rica desde 1994.

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