en

La historia de “Flor de retama”

Más

Una anciana rebelde alzó un garrote como su arma de combate en medio de la manifestación de protesta y se lanzó contra una barricada de policías gritando: “Una sola vez se vive; una sola vez se muere”.

Tal vez fueron sus últimas palabras porque después, según algunos testigos de este hecho, la anciana campesina cayó al piso perforada por innumerables balas policiales.

Aquella muerte encrespó aún más la manifestación ayacuchana, juvenil y ciudadana, aquel domingo de 1969 en Huanta contra los intentos privatizadores de la educación del gobierno del general Juan Velasco Alvarado: los que desaprobaban un curso perdían la beca de la gratuidad y tenían que pagar 100 soles mensuales durante todo el año.

EN HUAMANGA

Antes de esta manifestación huantina y dominical, el viernes, en Huamanga (capital ayacuchana), los Sinchis, un grupo de policías entrenados para reprimir protestas, había hecho de las suyas contra los manifestantes. El gobierno reconoció de manera oficial cuatro muertos, pero el Frente de Defensa calculaba por los menos 11.

Ayacucho fue el segundo foco de la lucha contra la privatización educativa. La primera reacción contra la medida nada revolucionaria de Velasco fue en el colegio Carlos Wiesse de Comas.

EN LA PLAZA DE HUANTA

Aquel domingo de junio de 1969 en Huanta, los alumnos del colegio González Vigil, apoyados por padres de familia y campesinos, habían decidido frenar con lucha en las calles la pretensión del gobierno del general.

Habían convocado una concentración masiva en la Plaza de Armas. En Huanta, cuando hay manifestaciones de protestas, las comunidades se concentran para llegar a la plaza y unirse a los otros manifestantes; pero los campesinos indignados se negaron a cambiar de ruta acostumbrada.

Entonces empezó el enfrentamiento. Los manifestantes, de las tres concentraciones, que ya habían llegado a la plaza acudieron a ayudar a sus compañeros luego que se apagara la voz de la anciana del garrote “una sola se vive; una sola vez se muere”. Fue tanta la agresividad que los policías tuvieron que refugiarse en la comisaría, desde donde, continuaban disparando al cuerpo de los manifestantes.

Fue en ese momento que los sinchis, un grupo de policías entrenados para reprimir protestas, esos que habían atentado contra la vida de estudiantes de Huamanga, llegaron a la plaza por la llamada Cinco esquinas, disparando indiscriminadamente.

Fue una gran matanza. El gobierno de Velasco reconoció 24 muertos entre campesinos, padres de familia y estudiantes. No contabilizaron los que habían recogido clandestinamente en camiones, tampoco los cuerpos de los muertos y los heridos que los campesinos se llevaron para sepultarlos en su zona.

El martes Velasco se vio obligado a derogar esa norma que ordenaba que debían pagar los estudiantes de los colegios, de los institutos y las universidades que desaprobaran sus cursos, porque el descontento se había generalizado.

LOS ESCUCHÓ PRIMERO OSWALDO REYNOSO

“Gracias a los mártires de Huamanga y Huanta ningún gobierno democrático o militar se atrevió a privar de la gratuidad de la enseñanza. Los estudiantes están en deuda con ellos”, reflexiona Ricardo Dolorier.

En aquel tiempo Dolorier era un reconocido profesor de lengua y literatura graduado en la Universidad La Cantuta. La masacre de los estudiantes lo conmovió, lo indignó mucho, y todavía más, cuando se enteró que en la lista los abultaban dos alumnos suyos: un hombre y una mujer.

Fue en este contexto que el huantino Dolorier escribió la canción que el año que viene cumplirá 50 años. Lo escribió cuando era profesor en su alma mater, antes había sido profesor del único colegio de secundaria de Huanta, González Vigil. Era de los profesores que no cobraba un sol a los estudiantes del turno noche.

Surgió luego de un proceso largo: julio, agosto, setiembre, octubre, noviembre. La primera semana de diciembre ya estaba la canción. Nunca había compuesto una canción, salvo el himno del colegio González Vigil.

El punto final a la canción la puso a las cuatro de la mañana y fue corriendo a contarle la noticia a su amigo el escritor Oswaldo Reynoso. Le tocó la ventana a esa hora y fue el primero que la escuchó la canción completa.

“Desperté a Oswaldo y le canté, aunque canto muy mal. Se emocionó y fuimos a buscar a Álvaro Villavicencio y otros
profesores y esa mañana, desde muy temprano, comenzamos a festejar. Me hicieron cantar una y otra vez conforme iban llegando los profesores”, recuerda.

Después en vacaciones fue a Huanta. Seguía en estado de emergencia. Visitó el bar “Donde mueren los valientes” de un lisiado que tenía su camastro como tranquera de la puerta principal y su mercadería debajo de su catre.

En ese bar de La Alameda de Huanta enseñó la canción a los bohemios cantores que hicieron famosa. El “Trío Huanta” grabó por primera vez la canción en disco de vinilo 45.

“Porque se grabó en un de 45, una de las estrofas de la fuga fue omitida por falta de espacio. Martina Portocarrero escucha esa versión cambia el orden de las estrofas. Ella comienza con: ‘Vengan a ver, vengan todos a ver…’. La canción versión original comienza con ‘Donde la sangre del pueblo ¡ay! se derrama… y luego: venga a ver, vengan todos a ver. Al revés. Ella fue la que difundió exitosamente por todo el país”, dice.

—Un tiempo los senderistas maltrataron la canción…
—No, fueron los del MRTA. Ellos lanzaron su proclama de iniciación de sus acciones con Flor de Retama como música de fondo. Sendero tenía sus propias canciones.

Huérfano de padre a los 7 años, vivió parte de su niñez en Huánuco con su madre, la profesora Sofía. En aquel tiempo murió su hermano mayor Ángel por una epidemia de tifoidea y su madre quedó devastada.

Ella cantaba huaynos y yaravíes como para matar las penas y el niño Ricardo se nutría de esas canciones.

“Aprendía y la acompañaba”, dice en esta noche de recuerdos. Le entraba a todo: compraba cancioneros para cantar
rancheras, le gustaba entonar boleros, los tangos le fascinaban. “Me gustaba cantar, pero jamás imaginé que iba a componer esa canción. Después hice varias más, pero ninguna tiene la resonancia de Flor de Retama. Le hice una canción al cuartel Los Cabitos, a Putis; pero no tienen la fama de Flor de Retama”, dice.

Después trasladaron a su madre para que enseñara en escuelas rurales de Huanta y en ese lugar el niño Ricardo encontró sus raíces. Fue creciendo en medio de los suyos y su madre fue a acompañar a su padre cuando Ricardo tenía 17 años.

Se apoyó en familiares: en su tío Félix, un profesor prestigioso; y en el recuerdo de su abuelo Ricardo Urbano, quien fue un intelectual reconocido. Una calle, la biblioteca municipal y un pabellón del hospital de Huanta llevan su nombre. Tíos y tías nutridas de cultura fueron su apoyo en la Huanta de su corazón.

El círculo de su aprendizaje musical se cerró en La Cantuta. Cuando tenía menos de 23 años de edad le enseñaron a escuchar música clásica. “Teníamos un curso de música, en todo el pabellón sonaban los maestros de la música que elevaban las vivencias populares a cumbres cultas y yo decía que la música de nuestro pueblo debía elevarse a las categorías cultas.

Al pueblo hay que darle lo mejor, hay que darle belleza. Juan Gonzalo Rose dijo alguna vez: no sé si mi poesía la leerán, pero mis composiciones sí las cantan: entonces hago canciones poéticas. Tengo como 20 canciones expresando los sueños, la alegría y la rebeldía de nuestro pueblo”, confiesa.

Paco Moreno

Paco Moreno

Editor general de Perfil