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La iglesia evangélica ayuda a Jair Bolsonaro

La iglesia evangélica ayuda a Jair Bolsonaro

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Hace unos días publicamos en este diario el artículo “Bolsonaro y las iglesias evangélicas”. Nuestras suposiciones eran válidas y hoy sabemos que la proliferación de iglesias evangélicas en toda América Latina es parte de una estrategia política destinada a manejar nuestras conductas.

Lo indefendible en el campo político, se vuelve manejable si domesticamos adecuadamente a los ciudadanos desde una óptica religiosa dogmática. Esa conquista de la mente comienza por una edulcorada y, casi siempre fingida preocupación por los problemas íntimos de la familia. Una cosa es lamentarse por no llegar a fin mes y otra, más conmovedora aún, es poder contar el maltrato al interior de la familia, la sospecha que sus hijos no tienen la orientación sexual socialmente correcta, que sus amigos fuman porros, que los ve, en suma, dirigiéndose en la peor dirección.

Ese trato, con algunas respuestas ya elaboradas para comprar conciencias, permite una proximidad que luego se transforma en obediencia y finalmente en fanatismo. Ahí aparece el buen Jesús que, revolucionario en su tiempo, hoy es manipulado para domesticar cualquier rebeldía. Oír a Bolsonaro despotricar contra la reproducción de los negros y a favor de la restauración de la tortura, es tan desatinado como ver a algunos pastores, aquí en Perú, gritar que Dios quiere mil dólares, y luego quinientos y luego cien, etc. Si la gente responde pasivamente a ese escandaloso reclamo del diezmo, cómo podemos imaginar que no va a hacerle comparsa a Bolsonaro cuando este vomita sus odios. Al fin y al cabo, cuesta menos menospreciar o agredir un prójimo teóricamente diferente que entregarle mil dólares a Jehová.



Lamia Oualalou, periodista franco-marroquí, especialista en América Latina relata que “el movimiento evangélico que se apoderó del primer país católico del mundo y, desde allí, mucho antes de las elecciones presidenciales, derrotó a la izquierda brasileña en la intimidad de los templos de las múltiples iglesias evangélicas que pululan en el país.” Y subraya que la conquista comenzó por los más humildes que se hallaban abandonados por el Estado, la Iglesia Católica y la misma izquierda.

La realidad mejoró mucho con Lula, pero parece que no fue lo suficiente o quizás haya que admitir que la religión mueve fibras emocionales a las que la política no llega.

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