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Entrevista al candidato a la presidencia de Brasil Fernando Haddad

Haddad es Lula. Lula es Haddad Más

Ayer terminamos la primera parte de esta nota con la siguiente afirmación de Haddad: “Bajar la cabeza ante el mercado financiero no llevo nunca a ningún país a la estabilidad y el desarrollo”.

Verdad comprobada por la realidad y negada por los especuladores financieros. Trotta (el entrevistador) pregunta a Haddad sobre la dificultad para materializar las ideas de los líderes políticos en políticas de Estado. Siempre es difícil lograrlo plenamente, responde Haddad, y relata su experiencia como ministro de Educación. Subraya que fue un gran desafío y destaca que una de las grandes dificultades de las democracias latinoamericanas es conseguir que las políticas de gobierno se transformen en políticas de Estado. Es decir que tengan continuidad en el tiempo más allá de los cambios que se operen.

En el Ministerio de Educación, siendo Haddad ministro, y en otros ministerios, el presidente Lula tuvo la sabiduría de exigir la institucionalización, en todos ellos, por ley o por decreto, de las políticas de gobierno. Se trataba de que esas nuevas políticas fueran inmunes a las variaciones propias de los cambios de ciclo en esta actividad. Fue un éxito hasta Temer (el actual presidente de facto) quien tiene una visión distinta e intenta destruir lo construido en la etapa de Lula.

Ese intento no lo lleva a cabo porque esas políticas hayan sido frágiles, sino por todo lo contrario, por su fortaleza y por su éxito. No obstante, enfrentamos ahora nuevos desafíos y ya no son suficientes nuestras formas de movilización y organización popular tradicionales. Debemos enfrentar las políticas neoliberales y la de los gobiernos de extrema derecha que están surgiendo en todo el mundo.

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Los modelos de comunicación ya no se ajustan a los tiempos actuales, las redes sociales, por ejemplo, tienen un problema propio de su estructura, ellas no integran, no incorporan, más bien atomizan.

Quienes participan en las redes interactúan con quienes piensan como ellos. Y eso es lo contrario a una asamblea de trabajadores o de estudiantes o a las discusiones en un sindicato donde los actores están obligados a confrontar sus puntos de vistas y llegar a soluciones que sean colectivas.

Es necesario también prescindir de un líder carismático pues puede ocurrir que no siempre esté en condiciones de actuar. Concluye analizando los liderazgos progresistas de América Latina y considera que, a pesar de la calidad humana e intelectual de sus actores, no osaron ir más allá y no lo hicieron porque “creían que el tiempo estaba de su lado”. No fue así.