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“No hay verdades comprobadas, pero sí mentiras evidentes”

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“No hay verdades comprobadas, pero si hay mentiras evidentes” Lo leí en el Rubaiyat de Omar Khayyham, poeta, astrónomo y matemático persa del siglo XI. Me cautivó en plena adolescencia tiempo en el que lo interpreté según mi contexto emocional de mi edad.

Diez milenios después de aquel siglo que no imagino, los 65 años que me separan de dicha lectura me parecen tan frescos y recientes como si los hubiera leído ayer. Todo, incluida alguna emoción del momento, sigue vigente en mi memoria y vuelve a mí, de manera diferente ahora, cada vez que abro los diarios, escucho la radio, veo TV o converso con alguno de los tantos alienados que habitan este planeta.

No solo estoy pensando en el entretenimiento o estupidizamiento con el que los medios tratan de reducir nuestro nivel mental (y lo logran), estoy pensando, con preocupación y algunos raptos de angustia, en la deliberada deformación de la información, en las farsas que se inventan, en las realidades que se ocultan, en el afán evidente de modelarnos según sus necesidades e intereses. Allí abunda, hasta el hartazgo y a veces hasta el asco, aquello de “mentiras evidentes”.

Construir solidaridades en torno una realidad inventada e impulsar perjuicios es la función fatal de los medios de comunicación. Hay países, como Venezuela donde ocurre todo y países como Colombia donde no pasa nada. Países como Corea del Norte donde reina el mal y solo pensar en energía nuclear los convierte en parias y países como Israel donde reina el bien y pueden disponer de un arsenal nuclear moderno.

Eso a grandes rasgos, si entramos en detalle de cada actividad socialmente peligrosa, los destinatarios cambian de nombre según los intereses de la coyuntura. México que merece un muro de aislamiento y que acaba de elegir un presidente progresista está, por ejemplo, en estado de observación.

Es posible que la diplomacia emocional del presidente Trump encuentre coincidencias. También es previsible lo opuesto. Un ejemplo dramático es el México de Peña Nieto, país campeón en feminicidios y en crímenes vinculados al narcotráfico y a la represión política. Conocidos algunos desde hace tiempo, como los de Ayotzinapa, o recién descubiertos como los del municipio de Tlajomulco de Zúñiga en Jalisco o el hallazgo de 166 cráneos en una fosa clandestina en Veracruz.

En 2017 México vivió su año más violento con más de 25.000 asesinatos (cifras oficiales). Este fue el recuento anual más alto que se tenga registrado y el crimen organizado fue responsable de casi el 75% de esas muertes.

En total, desde diciembre de 2006, cuando el gobierno declaró la guerra contra el crimen organizado, más de 200.000 personas han sido asesinadas o desaparecidas. Sorpresas necrófilas como estas han sido frecuentes en México.

Observen cuánto se ha ocupado la prensa de ellas y hagan un ejercicio de imaginación pensando cual hubiese sido su cobertura si dichos hechos hubiesen pasado en Venezuela.

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