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Hola, canillita

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Después de mi vaso de quinua con mi pan con camote ruedo con mi skate revisando la llegada del diario Perfil en algunos quioscos de Lima, la ciudad de la furia (por los salvajes al volante).

Constato que estas páginas están pedidas por lectores vitales, prestos a considerar otras maneras de ver la dura realidad política y social. Algunos bromean: “Me llevo este diario porque hay muchos políticos que se ponen de perfil ante los problemas urgentes del país”.

Traspaso las cáscaras de naranja y la llovizna en el mercado de Surco, en la avenida Roosevelt, cerca al barrio picante Malambito y encuentro a un canillita curioso. Me entrega el periódico y la clava: “Te cuento que algunos canillitas no reciben el diario Perfil y eso está muy mal. Uno tiene que saber que la trayectoria de César Lévano es destacada y yo respeto”. Agradecí sus palabras.

Sigo por las rutas de largas fábricas de Ate y la carretera central. Estoy por el óvalo de Santa Anita, una señora canillita me felicita por escribir en el diario. Otro, cercano, replica: “Sencillamente no comprendo por qué nadie coloca publicidad en Perfil, deberían apostar por la trayectoria, tantos periódicos con gran poder que no valen la pena leerlos porque no hay una postura bien definida y hasta parece que son amigos de los políticos, así no corre”.

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El canillita tiene razón, los diarios necesitan apoyo y no puertas cerradas. La prensa escrita es un apostolado ante los nuevos tiempos digitales, un compromiso entintado con el lector y recíbanos, no mordemos, queridos canillitas. No importa que algunas manos del poder traten silenciar las nuevas palabas. No importa.

Y por eso mismo me gusta escribir esta columna malapalabrera, junto a mi Gato Pop. Porque cazamos roedores, cuyes, ratones con terno y corbata y portátil, pero sin cola. Es – la -especialidad – de – la – ca – sa.