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La libertad de expresión ja, ja

La libertad de expresión ja, ja

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En el último asiento de la «B», bus en el que viajaba de mi barrio al trabajo, estaba la jefa sectorial del movimiento peronista en el que yo militaba quien me anunció que a partir de la próxima semana haría parte de un entonces célebre programa de la televisión rosarina.

Sentí lo mismo que un occidental cualquiera puede sentir cuando en esquimal, en su igloo, le ofrece su gorda cónyuge, untada en aceite de foca, para que uno pase una aterradora noche de amor con ella. No podía decir no. Y fue sí, naturalmente.

Superado los miedos de todo inicio hice buenas migas con la TV. Pero esas buenas migas se transformaron en un pan amargo cuando doce días antes del golpe de estado de 1976, con una cara conocida por toda la ciudad y aterrado por las amenazas de muerte que se extendían a mi familia, partí rumbo a Europa. Juré no hacer nunca más TV. Falté a ese juramento en 1989 en Lima, cuando Canal 7 me propuso hacer un programa. Pensé no, dije sí y junto a dos amigos periodistas pusimos al aire “Informalísimo”. Vinieron otros canales y otros programas pero invariablemente regresaba al 7 donde, ganando nada a veces y poco otras, gozaba de una libertad que la televisión privada, obsesionada por el rating, no permitía.



Pasamos la última etapa de Fujimori sin entrevistar, consta en videoteca, ni un solo partidario del japonés. Levantaron el programa cuando opinamos sobre el video Kouri-Montesinos. La época de Paniagua fue espléndida y con Toledo hubolibertad para hacer y deshacer. Durante ocho años Canal 7 fue mi casa. Hasta que García volvió a la presidencia y el canal se vio inundado por gente extraña a los que llamaban asesores y que de TV sabían lo que yo de sánscrito. El canal a partir de ese momento dejo de ser el canal del Estado para ser el canal del gobierno. Entrevisté en ese tiempo a un cantante peruano que triunfa en México y que llegó con un extraño anillo medieval en su dedo índice. Le pregunté sobre su anillo y respondió que era una réplica del anillo con el que los Borgia envenenaban a sus rivales y que él lo traía para envenenar a Alan. Yo reí y dije es muy raro que alguien anuncie un asesinato por TV.

Reímos y la broma quedo ahí. Por la noche me llamaron del Canal para anunciarme que la cinta del programa se había malogrado. Era la primera vez que me ocurría pero pensé que era normal. Dejo de serlo cuando entrevistando a un dirigente político este dio una opinión levemente desfavorable al Apra. También se malogró la cinta. A partir de ahí yo prevenía a mis invitados, cuando estábamos a punto de salir al aire, que no dijeran nada del Apra, ni de García porque eso malograba las cintas. Una semana más tarde me botaron por falta de presupuesto. Supe que la orden venía de arriba, de muy arriba.

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