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Nada más serio que el humor
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Nada más serio que el humor

Edward de Bono, una de las mayores autoridades en pensamiento creativo, habla de algo que yo he consumido de niño y que ha sido extraordinariamente significativo en mi vida: las vivencias al interior de un hogar donde el humor volvía insignificantes los problemas, impedían disputas y abría puertas a nuevas alternativas.

“El humor es, por lejos, la actividad más significativa del cerebro humano” dice De Bono y mi experiencia, como hijo, como amigo, como docente y como periodista corrobora en un cien por cien esta afirmación. Practicarlo me ha traído algunos problemas.

Una autoridad universitaria con la cual he dictado cursos de postgrado, se ponía muy nervioso cuando, durante mis intervenciones, la gente reía. Me decía, en tono de reconvención disfrazada de consejo: “En tu clase la gente se ríe mucho”.

Mi respuesta siempre fue la misma ¿Y? y él volvía al “se ríen mucho” y yo que soy duro de domar, repetía ¿Y? Lo curioso es que de allí no salíamos. Yo, por dos razones, la primera es que el humor me brotaba y me sigue brotando espontáneamente como una necesidad propia de mí carácter y la segunda porque creo en su eficacia, porque estaba y estoy convencido de las bondades psicológicas y bilógicas de un ambiente donde impera el humor.

Quien objetaba mi conducta, sospecho, que, aun siendo muy brillante, no poseía del don del humor (no todos lo tienen) y siendo terriblemente competitivo, no podía lograr el mismo efecto. En cursos de pregrado he tenido problemas con las aulas vecinas pues sus profesores, algo molestos por las risas de mis alumnos, venían a nuestra aula creyendo que no había profesor.

Mis canas y mis sesenta y pico de años los hacia retroceder y disculparse. Luego de lo cual yo rogaba a mis alumnos que rieran un poco más bajo, lo que, a su vez, azuzaba el buen clima que se había creado.

¿Por qué el humor? Porque el humor es lo inesperado en estado puro, rompe los esquemas y al hacerlo da pase libre a la creatividad. Dar respuestas inesperadas a los alumnos suele crear un clima de alegría, confianza y apertura. En ese clima el tiempo se desliza raudamente sin que nadie lo perciba y la atención se centra en la espera de lo insólito.

Esa atención genera, en quien dicta la clase, mayor fluidez en su pensamiento. Y si esto no es suficiente sepan que la risa cura, potencia el sistema inmunológico, disminuye el cortisol e incrementa las endorfinas. Todo eso alivia las tensiones del aula o del trabajo y es extraordinariamente beneficioso tanto para los educadores como para los educandos y tanto para los trabajadores como para sus jefes. Hay, además, estudios realizados en universidades donde se hicieron clases con humor y sin humor. “Al cabo de seis semanas, las personas que tuvieron clases con humor mostraron un aumento significativo en la retención de lo enseñado.”

En conclusión, el humor contribuye a enriquecer la comunicación, a relajar las tensiones, a fijar la atención y, en suma, a mejorar las muchas veces conflictivas relaciones humanas.

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