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Final de juego

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Keiko Fujimori y Alan García deben de sentir que se les agota el plazo de la impunidad. La disolución probable del Congreso los dejaría sin blindaje protector. Estaría despejado su camino a la cárcel.

Desde luego que este sería un justo castigo para quienes cobran coimas que encarecen obras, la cual es un robo al bolsillo de todos los ciudadanos.

La dupla Apra-fujimorismo debe de estar tramando alguna maniobra dilatoria, alguna cortina de humo para frustrar la decisión sobre el voto de confianza solicitado por el presidente Martín Vizcarra. No me entrañaría que recurran a exhibir puntos oscuros de la trayectoria de este. Pero eso no es, no puede ser, el punto central en un debate en que se juega no el destino de un individuo, sino la suerte de un país estrangulado por la corrupción, el narcotráfico y el crimen organizado hasta en las altas esferas del poder judicial y la política.

El cambio necesario no se producirá solo con la eliminación de un Congreso que es una vergüenza nacional. Lo que necesita rechazo es todo un sistema, una vasta red de delincuencia y engaño.

Alan García dijo ayer que “mejor es concertar que confrontar”. Como jefe del aprismo, él puede recurrir al dicho de Ramiro Prialé, quien, después de reunirse en Palacio con el presidente Manuel Prado, acuñó la frase: “Conversar no es pactar”. Sí, pero la conversación puede ser el preludio del pacto, de la traición. Hay que montar guardia para que eso no ocurra ahora.

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El presidente Martín Vizcarra anunció el domingo último la cuestión de confianza al considerar que en el Congreso existe dilación para aprobar los cuatro proyectos de reforma constitucional presentados por el Ejecutivo.

“Hemos visto congresistas tratando de dilatar y desnaturalizar los proyectos, con absurdas modificaciones que de aprobarse los transformarían en proyectos inútiles y perjudiciales para el país”, expresó el mandatario.

Frente a la posibilidad de que el fujimorismo y el aprismo consideren que la mejor defensa es el ataque, no hay que desviar el fuego. Hay que tener a la mano el amplio prontuario de crimen y robos del aprofujimorismo.

Hace más de un siglo, en 1914, el Perú presenció un debate en el cual el civilismo, la oligarquía del Partido Civil, encabezada por los hermanos Javier y Manuel Prado, hijos del traidor, financiaron un golpe militar contra el presidente populista Guillermo Billinghurst. Lo acusaron de estar preparando un plebiscito para mantenerse en el poder. No era verdad. Pero una fracción del ejército de entonces era derechista y venal, y derrocó a “Pan Grande” Billinghurst.

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César Lévano

Director periodístico de Perfil