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Se que aún me escuchas

Este texto de Julio Vicuña iba a salir en la versión impresa de Perfil, que la emergencia por el coronavirus impidió. Lo publicamos hoy que su madre ha fallecido. Nuestro más sentido pésame. Más

Flor Candelaria García Obregón
Flor Candelaria García Obregón

Mi madre se llama Flor Candelaria García Obregón. Nació un 2 de febrero, Día de la Candelaria, de 1926, en la hermosa villa heroica de Cangallo, en Ayacucho.  Fue la menor de cuatro hermanas, hija de un subprefecto y una mujer distinguida del pueblo. 

Huérfana de padre y madre, cuando tenía 14 años, la familia decidió que viajar a Lima en busca de una mejor educación. Llegó a la casa de un tío, capitán de la Guardia Civil, quien la convirtió en doméstica de su casa. 

Un par de años después, el capitán encontró un mejor futuro para mi madre y ella fue a parar en manos de un cantonés muy próspero en los negocios, pero con un español muy limitado, a quien le dio seis hijos: Ernestina (QEPD), Eugenio, Elsa, Enrique (QEPD), Ernesto y Edith. 

Tuvo otros amores: un hombre negro, padre mi hermano Miguel y, luego, se enamoró de mi padre, un hombre de rasgos andinos muy pronunciados y de esta unión nacimos cuatro hijos, Guadalupe, Julia, Marigna y yo. Julia y Marigna murieron a temprana edad.

En estos días infaustos me siento como un muerto en vida, pues mi madre, tan frágil y débil, duerme en una cama de hospital, conectada a un respirador, alimentada mediante una sonda. Pero sé que aún me escucha y que me escuchará siempre, como siempre.

Mientras tuvo fuerzas, hasta hace poco, doña Carmela, como siempre la conocimos, fue una mujer muy trabajadora por lo cual se ganó el cariño de mucha gente.

Mi padre fue un anarquista que nunca creyó en trabajar para otros y el trabajo fuerte no era su fuerte. Su oficio de técnico electricista industrial lo ejercía solo por contratos y en casa, muchas veces, no había para comer. En cambio, mi madre, siempre se las ingeniaba para que no faltara al menos un pan con té en el desayuno y una sopita de fideos con papas para el almuerzo y la cena.

Miro ahora a mi madre en su lecho de partida y recuerdo vívidamente su llanto desesperado esa tarde de julio cuando llegué de la escuela. Yo tenía siete años, y vivíamos en Cocachacra. Todas nuestras pocas pertenencias tiradas en la calle; nos habían desalojado y dormimos en la intemperie. Luego hicimos nuestra casita de estera en Carachacra y finalmente, en Corcona. Allí viví la infancia, la etapa más feliz de mi vida. 

Madre, te veo ahora postrada sin fuerzas y te recuerdo como esa hermosa fiera que cuida a sus críos. Supiste saltar obstáculos y nada te vencía. La mina de baritina que había cerca de casa, te dio oportunidad para generar algo de dinero. Preparabas el desayuno para los mineros. Me despertabas temprano, para que llevara la carretilla de cargar arena, en la que acondicionabas una olla de arroz, otra de guiso, una tetera con café, platos tazas y cubiertos; tú ya te habías levantado tres horas antes. 

Nada escapaba de tu imaginación para mantener a tus hijos. La garita de control donde obligatoriamente paraban los buses interprovinciales fue nuestro mercado para vender el agua de manzana caliente por las noches. Recuerdo también esos ricos tamalitos que preparabas los domingos y llevábamos a vender en el tren de pasajeros en su trayecto de Chosica a Tornamesa. Vendíamos todo, madre querida. Y cómo olvidar la época de veda de carne cuando ibas al camal de Matucana para compra la carne que después camuflabas para que no te la decomisen y la traíamos a vender a Lima. 

Quiero recordar algo que te escribí hace mucho tiempo, cuando vivía muy lejos de este suelo: Madre, ¡Felicitaciones en tu día!/ Te recuerdo desde estas lejanías/ Tu sonrisa dibujada en mi mente/ Y sintiendo muy dentro tus te quiero./ Tu figura pequeñita galopa en mi corazón/ Caminando afanosamente con tus pasitos cortos/ Oigo tu voz cariñosa llamando:/ ¡Niños, a la mesa! iA comer!/ Mamita, hermosa bendición que Dios me dio/ Con tu frente altiva desafía al tiempo;/ Que tu alma emita eterna luz de vida/ Y tus ojitos centellen siempre ese fulgor de lucha/ Que como herencia dejaste en mis genes.

Y ahora te vas, tienes que irte y yo contemplo tu partida, recordando cuando te dije que quería trabajar en la mina. Tenía 12 años. Hablaste con Miradita, el capataz, y me dio un trabajito los fines de semana: llevaba las baterías para las linternas de los cascos y agua a los mineros. Recuerdo la lluvia en las galerías de los piques, bajando en una wincha y luego de completado el trabajo, recibía una propina. 

Me inculcaste el amor por el trabajo y al estudio, madrecita linda. Me criaste con rigor, con una mano dura, pero amorosa. Tus clases fueron con refranes; los sabías todos. “Aprende a hacer de todo”, siempre me decías. A los trece ya manejaba volquetes y cargador frontal. A esta edad también quería aprender a tocar guitarra. No tenía una y apenas te lo dije, compraste un chanchito: “Es para tu guitarra”, me dijiste. Lo engordamos por varios meses y lo sacrificamos cuando cogió el mejor peso. No alcanzó para la guitarra, pero tú pusiste la diferencia y la compramos. Aprendí algunos acordes y algunas canciones. Cuando decidí emigrar buscando nuevos horizontes, sobreviví gracias a la guitarra, tocando y cantando en buses, cantinas y burdeles.

Me hiciste el hombre que soy; un hombre que respeta, ayuda al prójimo y ama a su familia. Te adoro madre y quisiera que no te vayas, pero no puedo ni debo retenerte. Creo que fuerzo al destino haciendo tu partida más lenta, ayudándote a prolongar tu vida con toda esta parafernalia que nos ofrece la ciencia, pero no puedo evitarlo. Tal vez el egoísmo me vence y quiero tenerte más tiempo conmigo. Perdóname, madre querida. Sé que pronto respirarás cielo.

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