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Hablar de memoria
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Don Luis de Góngora y el Inca Garcilaso de la Vega compartieron el estado eclesiástico, el lugar y el tiempo más que las costumbres, si malo fue el loco afán de don Luis por las fiestas bravas. Él corría a la Corredora, oblonga plaza cordobesa donde se toreaba. El obispo le había prohibido esa conducta impropia, mas don Luis no obedecía: es que, si uno se salva por sus obras, quien lea las de Góngora sabe que don Luis ya se ha salvado; tan magníficas son que él entró en el Paraíso con derecho a llevar a tres amigos, y quizá fueron toreros. En sotana acudía él a los toros. Había entonces tal demasía de clérigos que ir en sotana era la mejor forma de pasar incógnito. Góngora llegaba a la fiesta de sangre y gritos, y el diablo lo tentaba con la suerte de la muerte entre él y el toro, media luna de las armas de su frente. Si don Luis hubiese toreado con la sotana, le habría salido a un toro rojo.

El Inca Garcilaso era varón más comedido (así se decía entonces). Religioso también (de órdenes menores), se cruzaba con don Luis en el universo moro de la Mezquita que encierra a la catedral de Córdoba; pero más se dedicaba a recordar su viejo-nuevo país americano. Al recordar, olvidaba. El Inca sabía que los años de exilio no gastan en vano, y que hasta el idioma quechua de su madre se le disolvía en el tiempo: “Reprendiendo yo mi memoria por estos descuidos, me responde que por qué la riño de lo que yo mismo tengo la culpa, que advierta yo que ha cuarenta y dos años que no hablo ni leo en aquella lengua”. El idioma es la memoria.

Cuenta el antropólogo norteamericano Marvin Harris que unos científicos enseñaron a unos chimpancés a expresarse usando fichas que contenían figuras. Nuestros primos alcanzaron sutilezas: burlas e insultos, y hasta enseñaron a otros chimpancés el empleo de las fichas. Empero, sin intervención humana, los hijos de los chimpancés aprendían menos signos que sus padres: olvidaban. El nuevo idioma se extinguió en los jóvenes. Los chimpancés son seres benditos pues no recuerdan con nuestra encarnizada memoria. El idioma nos hace y nos da fondo y tiempo. Hablando de tiempo, el idioma es nuestro pasado presente.

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